Sin rumbo

Sin rumbo

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El campo era un mar, las lagunas desbordadas se juntaban; desde lo alto de la loma cuya cima desenvolvía la cinta negra del camino semejante a un puente sin fin, sólo las poblaciones, los montes de las estancias alcanzábanse a distinguir como islas a lo lejos.

Ni un caballo, ni una vaca, ni un pájaro, tras de la inmensa cortina de agua sacudida por el azote furioso del sudeste, descolgándose a torrentes, como empeñada en llenar el aire después de haber cubierto el suelo:

—¡Día cochino, sólo esto me faltaba! —murmuró Andrés hablando solo, exasperado y rabioso ante la pérdida de tiempo que la lluvia le originaba, en presencia de ese nuevo obstáculo opuesto como de intento al colmo de sus deseos.

Maquinalmente permaneció un instante inmóvil. Miraba correr el agua a chorros sobre la tersa superficie de los cristales.

Luego, bruscamente, acostándose a lo largo de los asientos, recogió las piernas y se echó encima una manta de viaje.

Sentía el cuerpo dolorido, entumecido, por la noche sin descanso que había pasado en el hotel.

Una profunda lasitud se apoderaba de él en el monótono repique de la lluvia contra la tolda del coche. El desliz de éste, blando y silencioso, sobre la tierra empapada, suavemente lo mecía. No tardó en cerrar los ojos y en dormir.


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