Sin rumbo
Sin rumbo Luego, más allá en un claro, aparecía de nuevo, saltaba, era un escuerzo ahora, se hinchaba, se agrandaba; los otros se echaban sobre él, se empeñaban en aplastarlo a tacazos.
Pero Andrés desesperado lo defendía, a empujones, a golpes ensanchaba el claro, contenía a la muchedumbre, se arrojaba jadeante encima de él, le hacía un escudo con su cuerpo, y como amparan las comadrejas acosadas a sus crías se lo echaba al seno y disparaba.
Una algazara salvaje lo perseguía entonces. Gritos, alaridos, carcajadas:
«¡Su hijo, su hijo, es su hijo!».
Él, humillado, confundido, rojo de rubor y de vergüenza, pero lleno el corazón de amor, de un amor desnatural, insensato, de un sentimiento inhumano, imposible, absurdo, loco, afanosamente se alejaba con su preciosa y repugnante carga, seguía huyendo con el escuerzo en el seno.
La impresión de aquella piel pustulosa y fría de reptil en contacto con su piel todo entero lo erizaba, la rechifla sangrienta, el grito atroz: «¡Su hijo, su hijo, es su hijo!», como el cintarazo de una verga zurriaba en sus oídos.
Vacilaba, tropezaba, sin saber cómo se enredaba y caía debatiéndose en el suelo presa de una angustia horrible…