Sin rumbo

Sin rumbo

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Largas horas se sucedieron luego, hastiosas, cansadoras, avanzando el carruaje a duras penas por una zona de tierras anegadizas, teniendo que relevar los caballos trecho a trecho, y solamente al caer la noche pudo llegar Andrés al arroyo limítrofe de su campo.

Allá, en frente, la ancha faja de monte de la estancia se proyectaba desigual y caprichosa sobre la recta matemática del suelo, alzándose abultada al seguir el arranque impetuoso de los álamos, deprimida en la espesura chata de los sauces y paraísos. Semejante en la penumbra a algún enorme cuerpo de animal echado.

Y cerca, a la izquierda, junto a las «eses» de plata del arroyo, el rancho de Donata coronaba una eminencia, quebraba en su blanco mojinete los últimos rayos de la luz crepuscular.

Los peones, de a caballo, tanteaban la hondura buscando un paso.

Andrés, entretanto, atraída la mirada, se había apeado.

Una insólita impresión lo dominaba en presencia de aquel cuadro familiar a sus ojos sin embargo. Una emoción desconocida y extraña inmutaba su semblante.

De pie, junto al carruaje, paseaba la vista lentamente, obstinadamente, de la estancia a la población del puesto y de éste a aquélla.


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