Sin rumbo
Sin rumbo Al fin, inmóvil, absorto en la contemplación del rancho, palpitándole el pecho, apretaba la garganta, como si un mundo de sentimiento se despertara en tumulto desde el fondo de su corazón aletargado, sintió que los ojos se llenaban de lágrimas que no podía, que no sabía llorar él, el descreído…
Y la blanca imagen de su hijo atravesó el cristal turbio de su llanto.
Pero, bruscamente, al oír a su lado la voz de uno de los peones, avergonzado dio la espalda.
Su entereza, su orgullo de hombre se resistía a que lo sorprendiera así, llorando, otro hombre.
—¿Qué quiere? —dijo.
—Vamos a tener que nadar, patrón, el arroyo no da paso.
—Nadaremos.
—Pero, la volanta, es fácil que se vuelque en la mucha juria de la correntada.
—¿Y para qué están los caballos? Bájese, y présteme el suyo —exclamó Andrés vuelto ya de su emoción, recobrando un completo dominio sobre él mismo.
—Se va a mojar, señor…
—Y de ahí, ¿qué hay con eso?
—Como disponga, patrón, usted es dueño.