Sin rumbo

Sin rumbo

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XXX

En un momento se había sacado las botas, el paletot, subió a caballo, resueltamente enderezó cuesta abajo y se echó al agua.

Pero, ahí no más, el caballo perdió pie, sumido, arrebatado por la corriente, mientras dejando Andrés resbalar el cuerpo por un lado, envuelta la mano izquierda en un mechón de crin, porfiaba con la rienda en la derecha por dar dirección a su montura como prendido a la caña de un timón.

Fue entonces una lucha tenaz, encarnizada.

El hombre y el bruto apareando sus esfuerzos, corriendo juntos, en un mismo anhelo de vida, el mismo mortal azar.

La inteligencia, el instinto por un lado; por el otro la fuerza inconsciente y ciega de la naturaleza desquiciada.

Andrés sabía nadar, era robusto. Con las piernas, con el brazo que le quedaba libre, se empeñaba en avanzar, hacía frente a la corriente, le metía hombro, empujaba a su caballo cuya mole lo oprimía como si de intento el arroyo se lo echara encima.

El animal, medio ahogado, paradas las orejas, el hocico abierto, entrecortado el resuello, se debatía aturdido, agitaba jadeante sus patas en un galope imposible, resoplando de sorpresa y de terror al sentir que la tierra le faltaba.


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