Sin rumbo
Sin rumbo A la altura de un brusco recodo del arroyo sin embargo, y cuando aquel hombre desalentado ya, tristemente se resignaba a ver morir ahogado a su patrón, arrojado éste fuera del cauce por el empuje mismo de las aguas, fue a chocar contra la costa y allí, en las ansias de la agonía, manoteando, acertó a enredar los dedos en una mata de juncos.
Largo rato permaneció así, desfalleciente, como muerto, adherido a la mata salvadora por la simple acción mecánica de sus músculos crispados.
Luego, recobrando a medias el sentido, con la conciencia vaga y confusa aún del peligro que corría, instintivamente y como a tientas, empezó a arrastrar el cuerpo entre los juncos, en un esfuerzo supremo, llegó a izarse hasta lo seco.
La noche entretanto había caído; una de esas noches de pampero, diáfana como una chapa de cristal en blanca y oscilante reverberación de las estrellas.
Chorreando el agua de sus ropas y duro hasta los tuétanos de frío, se encontró Andrés separado de los otros por el arroyo, solo y a pie.