Sin rumbo
Sin rumbo Ignorando el abnegado fin de uno de aquellos infelices, y el ardor, el infructuoso empeño de su compañero por salvarlo, en un irreflexivo arranque, indignado, lo primero que cruzó por su cabeza fue volverse arroyo arriba, ponerse al habla con su gente y tratando a todos de cobardes y de mandrias, obligarlos a hacer lo que había hecho él…
¡Canallas, les enseñaría a ser hombres! …
Pero el temor de que alguno de ellos pereciera lo contuvo, la idea de que iba acaso a provocar la muerte estéril de un hombre, a sacrificar la vida de un semejante en aras de un sentimiento de venganza egoísta y ruin.
¿Qué auxilio podían prestarle, el carruaje, si es que conseguían pasarlo, un caballo?
¡Bah! ¡Tenía alientos todavía para irse a pie hasta la estancia, de nadie necesitaba, llegaría antes así!…
Agachado, divisando, miró atentamente en torno suyo, trató de orientarse por el curso del arroyo, y, adivinando más bien el rumbo en que quedaba su casa, con ese tino admirable de los criollos resueltamente cortó campo.
Pero agudos sufrimientos lo atormentaban al andar, repentinas contracciones paralizaban el ejercicio de sus piernas.