Sin rumbo
Sin rumbo Acompañados de una insoportable sensación de ardor en la epidermis, los calambres lo atacaban, le ganaban la cintura, las espaldas, el estómago, los brazos, los sentía hasta en la punta de los dedos.
Por momentos, retorcido todo entero de dolor, incapaz de dar un paso más, era obligado a detenerse.
Su ánimo no desmayaba sin embargo. Así que la violencia del espasmo había pasado y no obstante las matas espinosas, la paja brava y el cardo que le hacían pedazos los pies, redoblando sus esfuerzos, se volvía a poner en marcha.
De pronto, a corta distancia de él, oyó el ruido de un cencerro. Debía ser una tropilla. Iba a poder hacerse de un caballo…
Guiado por el sonido se acercó. Era en efecto una de las tropillas de la estancia, habían dejado maneada la madrina.
Fácilmente, habiendo parado a mano un animal embozalado, hizo riendas del cabestro y montó en pelos.
Acaso sin ese azar providencial, desesperado y postrado al fin por la fatiga, habría concluido Andrés por dejarse morir en medio del campo con una maldición en los labios…