Sin rumbo

Sin rumbo

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—Acordaron tarde en yamarme. Ño Regino no más tuvo la culpa; estaba como abombao el hombre… Conforme me costié en la noche de mi casa, ya vide que íbamos a andar mal. La criatura venía muy enteramente demorosa. Ahí mesmo sebé un mate de mansaniya, le di una frotasión de asaite pa' el empaine a la enferma y un sahumerio de asúcar ardida en los bajos. ¡Pero, de ande, ni por ésas!… Los pujos eran al ñudo, la finada, que en pas descanse, crujiendo como arpa vieja, pedía a gritos, por la virgen, que le sacaran aqueyo. Maliseando que estuviese la chica atravesada, porque a mí, señor, naides me va a enseñar lo que son estos trajines (¡no ve que he lidiao santísimo en mi vida!…), le acomodé a la paciente un poncho cruzado por las caderas y comensé a sacudirla juerte, boca arriba en la cama. ¡Dejuro, eso había sido no más! A los tirones, se enderesó el angelito y ya asomó la moyera y ya se refaló y ya lo resebí también y le cabecié el ombligo…

El llanto de la muchachita, un lamento desesperado y continuo, algo como el balido afanoso de los corderos guachos, interrumpió a ña Felipa en su relato:

—Venga, mi sol, no yore —dijo ésta acercándose al sofá y alzándola.

Sobre sus dos manos abiertas la acostó de boca, empezó a hamacarla, a subirla y a bajarla con el movimiento de quien tantea el peso de una cosa, sin por eso conseguir que la criatura se aquietara:


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