Sin rumbo
Sin rumbo ¿Y en manos de aquella bestia estaba su hija? Y él, el padre, ¿lo toleraría, se conformaría a dejarla así, expuesta a que, lejos de todo centro de recurso y entregada a los cuidados de una vieja ignorante y bruta, el día menos pensado se la llevara Dios?
Era necesario impedirlo a todo trance, sacar de allí a la chiquilina…
Se la llevaría, se volvería con ella a Buenos Aires, donde había médicos siquiera, y donde fácil le sería encontrar quien se encargara de cuidarla.
De pronto, recordó Andrés a la tía Pepa, una parienta suya, una hermana de la madre, que había manifestado siempre tener por él el más profundo cariño; ese cariño de la mujer vieja y soltera que no pudiendo derramarse sobre la cabeza del hijo, cae de rechazo en los sobrinos.