Sin rumbo
Sin rumbo —Pues, como le iba disiendo, señor —prosiguió ña Felipa reanudando el hilo de su narración—, aparesÃa que con el favor de Dios y la Virgen Ãbamos a salir de transes al fin. Pero lo que acontesió jue que la finada, de puro inorante la pobre, dende que no estaba güena toavÃa, se apió descalsa una ocasión, con lisencia de usted, para dir a hacer del cuerpo una deligensia y como que era consiguiente, ahà mesmo la agarró un pasmo. En balde fue que los dos con ño Regino la acostásemos a ver de que sudara en la cama, en balde unos untos de asaite caliente que le dimos, y hasta la mesma reis del quiebrarao, que no hay como eso, patrón, pa' las alsaduras de sangre. Todo, todito jue en balde; Dios no quiso que viviera y fenesió a los tres dÃas.
—¿Por qué no llamaron médico? No está tan lejos el pueblo, bien podÃa haberlo hecho ño Regino, en lugar de dejar morir a su hija como un perro…
—¡Médico, dise, y pa' qué, cuándo estábamos por remediar nada con que se ayegara un dotor! —exclamó entonces ña Felipa, sensiblemente lastimada en su amor propio por la pregunta de Andrés.
Y, como hablando sola:
—¡Güenos alarifes son los médicos; pa' saquiarlo al pobre y mandarlo más antes a la sepoltura es pa' lo que sirven, masones, condenaos!