Sin rumbo

Sin rumbo

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Sí, era eso lo que le habían dicho, lo que mandaban los médicos… un vomitivo, un vomitivo de emético… darlo inmediatamente, sin perder un solo instante…

—Tome, mi hijita, beba lo que le da papá —dijo con palabra suplicante, acercando el medicamento a la boca de la niñita, así que lo hubo preparado en una copa.

—No, no quiero…

—Es muy rico, mi hija… es papa…

—No, no, caca —hizo ella después de haber humedecido sus labios en el líquido—, caca… pú…, no quiero —repetía retorciéndose deshecha en llanto, con la voz más apagada cada vez, multiplicando sus esfuerzos en aspirar el aire que le faltaba.

Sin esperar más, el padre la acostó de espaldas; resueltamente la agarró de los dos brazos y manteniéndola así con una mano, inmóvil, a pesar de la viva resistencia que oponía, la obligó con la otra a tragar el vomitivo, derramándoselo por fuerza en la boca.

La tía Pepa, de vuelta ya, entró seguida del mayordomo:

—Haga atar —dijo a éste Andrés—, vaya usted mismo al pueblito y traiga un médico. Lleve si es necesario a toda su gente, mate la caballada pero no me salga diciendo después que se ha perdido… Quiero que corra, que vuele, que vaya y vuelva a rajacincha…


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