Sin rumbo

Sin rumbo

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Hinchadas las facciones, lívida, los ojos fijos y vidriosos, sin el sudor que brotaba a gotas de su frente y el agitado ritmo de su aliento superficial y corto, se habría creído que en efecto la criatura era un cadáver.

—¡No, no te asustes… por Dios! ¡Andrés! ¡Ten calma… no está muerta… vive, respira!…

La masa de humo, barrida por el viento, se disipaba.

Andrés, de pie frente a la cama, había clavado la mirada sobre su hija, una mirada dura, siniestra, inmóvil, los ojos desmesuradamente abiertos, las pupilas enormemente dilatadas; una mirada de loco.

Quiso hablar; un sonido inarticulado, como un salvaje alarido, salió de su garganta.

De un tirón, se arrancó la corbata, se abrió el cuello de la camisa y bruscamente, haciendo crisis el estado de paroxismo nervioso en que se hallaba, cayó, se desplomó de rodillas, ocultando el rostro en las almohadas, sollozando.


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