Sin rumbo
Sin rumbo Se aconsejaba quemar una mezcla de alquitrán y trementina en la habitación del enfermo; se aseguraba que el efecto era instantáneo, la curación segura y radical.
Cortos momentos después, el lÃquido ardÃa en un brasero junto a la cama de Andrea.
Sordamente, al través de la espesa y fétida humareda que despedÃa, el ruido de la respiración de la niñita, el silbido caracterÃstico del mal se dejaba percibir lamentablemente, estertoroso.
HabrÃase dicho que algún horrible y misterioso atentado se consumaba dentro de las paredes de aquel cuarto.
Pero Andrés y la tÃa Pepa que, sobrecogidos y mudos de dolor, esperaban tras de la puerta entornada, oyeron de pronto como si en las ansias mortales de la asfixia, el pecho de la desgraciada criatura estallara hecho pedazos.
Después, un silencio… un silencio profundo… ¡nada!
—¡Mi hija… mi hijita… muerta, ha muerto! —gritó el padre precipitándose a la ventana y abriéndola de par en par, mientras la tÃa Pepa corrÃa hacia la cama de la chiquita.