Sin rumbo
Sin rumbo Corrió a su cuarto, abrió la biblioteca, sacó un libro de medicina: «Bouchut, maladies des enfants», recorrió el índice, buscó el artículo: Crup, y ávidamente empezó a leer.
Leía una, dos, tres veces el mismo párrafo, sin saber, sin entender lo que leía, sin que una sola idea se fijara en su cabeza.
Las letras, las palabras, los renglones, pasaban en confusa procesión por delante de sus ojos, sin dejar rastro en él, como pasa la luz por los ojos de los ciegos.
En una enorme tensión intelectual trataba de aplicar sus facultades, concentraba sus esfuerzos de atención, se empeñaba en penetrar el sentido de términos nuevos para él, voces técnicas que hallaba a cada paso y que eran como manchas de tinta que le hubiesen derramado sobre el papel.
Ofuscado, loco, iba a tirar el libro lejos de sí, cuando, bruscamente, la palabra «trementina» allí escrita, despertó en él una reminiscencia.
Sí, estaba seguro, recordaba perfectamente, era una receta contra el crup, había guardado el recorte del diario, debía tenerlo.
Registró, revolvió largo rato los cajones del escritorio; en uno de ellos halló por fin lo que buscaba.
Era, en efecto, una prescripción dirigida a combatir los estragos de la enfermedad.