Sin rumbo
Sin rumbo Una sorda irritación lo sublevaba, sentÃa despertarse en él un furor reconcentrado y ciego.
HabrÃa querido que eso que le mataba a su Andrea, la enfermedad cobarde y traidora, revistiese una forma humana, material, fuese un hombre, una fiera, alguien, en fin, contra quien le quedara por lo menos el derecho, el recurso supremo de la defensa, a quien poder herir, matar, él a su vez.
Pero nada le era dado hacer… nada… se encontraba desarmado, vencido de antemano en aquella lucha terrible y desigual… Sólo un milagro, sólo Dios podÃa salvarla.
Dios… Pero ¿dónde estaba ese Dios, el Dios de misericordia y de bondad, el Dios omnipotente que miraba impasible tamañas iniquidades?
Él… ¡Oh! ¡Él habÃa sido un bellaco, un miserable, que purgara sus culpas, que el cielo lo castigara, era justicia!
Pero ella, la pobrecita, ¿qué habÃa hecho… ella, la inocente, que ni tiempo de vivir habÃa tenido?
Verla sufrir, verla morir, y resignarse… ¡era espantoso!
¡No, no… imposible… algo debÃa haber… algo… algún remedio se conocÃa que curara, que calmara por lo menos; la ciencia en suma no era una palabra hueca, una ironÃa!…