Sin rumbo
Sin rumbo Lentas, interminables, las horas sin embargo se sucedían; daban las nueve en el reloj del comedor y el médico no llegaba.
Vanamente, desde una de las ventanas altas, clavaba Andrés los ojos en el camino, esperaba alcanzar a distinguir el carruaje a la distancia.
El carruaje… el médico… ¡tal vez era eso la salvación para su Andrea!…
Pero nada… nadie… siempre nadie en el horizonte incierto y nebuloso, velado por la caída incesante de la lluvia.
La chiquita, entretanto, sensiblemente se agravaba.
Su embarazo al respirar se traducía ahora en un trabajo violento, empeñoso, al que parecían concurrir todos los músculos del cuello.
No obstante la energía desplegada, el aire penetraba de una manera pesada, lenta. Se producía a su paso un silbido prolongado y ronco, lastimoso de oír, algo como un extremo llamado a la vida que se escapaba, mientras en las convulsiones de la tos, de una tos catarral, sin timbre, sofocante, la criatura desesperadamente se agitaba.
En esa muda actitud que acaban por provocar los grandes males cuando se está en la impotencia de remediarlos, contemplaba Andrés a su hijita.