Sin rumbo
Sin rumbo Febriciente, en la impaciencia de la espera consultaba el reloj a cada paso.
Villalba debía haber pasado ya el arroyo, seguido la huella, dejado a tras mano la Pulpería… ¡Como no fuese a errar el rumbo con aquella noche infame!…
La violencia del dolor lo embargaba por momentos, se llevaba las manos al cuello como queriendo arrancarse la opresión que anudaba su garganta, los ojos se le llenaban de lágrimas, tenía que hacer esfuerzos sobrehumanos para contenerse, para reprimir un deseo loco de estallar, de ponerse a llorar a gritos, como una mujer, como una criatura.
El medicamento, sin embargo, parecía haber provocado una reacción favorable; la respiración era menos afanosa, la tos había cesado, en una calma relativa pudo la niñita adormecerse.
Pero un cambio repentino no tardó en sobrevenir; un recrudecimiento del mal se declaró al amanecer, después de algunas horas de reposo, cuando, alucinado el padre por esa aparente mejoría, recobraba la esperanza, se decía que eran infundados, insensatos sus temores, que en un exceso de amoroso celo, había visto alzarse el fantasma helado de la muerte allí donde existía sólo un riesgo remoto y pasajero, una indisposición sin importancia, acaso un simple enfriamiento debido a la perturbación atmosférica de la víspera.