Sin rumbo
Sin rumbo Fueron mortales para Andrés las horas que transcurrieron.
Pasado el primer momento de nerviosa excitación, provocado en él por la inminencia misma del peligro, su valor, su firmeza de hombre, poco a poco lo abandonaron, se sentÃa desfallecer en una zozobra invencible y amilanado y cobarde en presencia de aquel cuerpo de criatura enferma, un desaliento profundo lo invadió.
No, no habÃa remedio, toda esperanza era vana, el crup no perdonaba, nadie escapaba de sus garras…
Recordaba ejemplos de familias conocidas, personas de su relación, amigos suyos cuyos hijos habÃan muerto de esa horrible enfermedad, éste, aquél, diez, cien, uno entre otros, amante, idólatra de los suyos… y habÃa enterrado a dos de sus criaturas ése, el mismo dÃa.
¡Ah! Si era cierto que habÃa un Dios y si asà castigaba Dios a los buenos, ¿qué derecho tenÃa él, Andrés, para atreverse a esperar la protección del cielo?
Su hijita se le iba a morir, debÃa morirse, era fatal, lo sentÃa, lo sabÃa…
A la luz vacilante del velador, en aquella pieza que horas antes encerraba para Andrés toda la dicha de la vida, como una sombra delante de la cama de la niñita, iba y venÃa.
