Sin rumbo

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XLIV

Fue acostada Andrea sobre una mesa, boca arriba, volviendo la espalda a la luz de la ventana.

El médico le había apoyado la cabecita sobre una almohada, tanteando la altura, apretando la lana, esponjándola luego un poco más.

Parado a la izquierda de la niñita y mientras recomendaba a Andrés y a Villalba, situados hacia el lado opuesto, que trataran de impedir todo movimiento en aquélla, se apoderó de un instrumento entre los varios que al alcance de su mano se veían sobre la mesa: dos pequeñas hojas de acero, una especie de tenaza, un tubo encorvado de metal.

Inclinado sobre Andrea, con los dedos de la mano izquierda empezó a palparle el pescuezo, como buscando algo, como queriendo fijarlo, asegurarlo; los detuvo, y delicadamente entonces, en medio del índice y del pulgar, pegó un tajo.

Unas cuantas gotas de sangre brotaron, de sangre espesa y subida de color, casi negra.

Abiertos los labios de la herida y por entre los tejidos blancos de los tendones que se descubrían en el fondo, iba el médico a seguir cortando, cuando una conmoción violenta de la criatura, algo como una postrera tentativa de su naturaleza en busca de aire, toda entera la sacudió:

—¡Ténganmela fuerte, no me la dejen mover!


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