Sin rumbo
Sin rumbo El frío picaba ya; los días se acortaban.
Parecía ser hora de sol alto, cuando rápidamente oscurecía y la noche llegaba sola, triste, negra, eterna hasta la mañana siguiente.
En un último esfuerzo del calor, el pasto, regado por los aguaceros de otoño, empezaba a querer brotar. En vano; las primeras heladas lo mataban chiquito; el campo, cubierto por el manto de vidrio de la escarcha, como envuelto en un sudario amanecía blanqueando, mientras los árboles en la quinta perdían sus hojas una a una y mostraban el enredado laberinto de sus gajos secos, sobre el que las altas siluetas de los álamos se destacaban como esqueletos de gigantes.
Era a principios de mayo.
Andrés había ordenado que le alistaran su carruaje para la mañana siguiente.
Se volvía.
Donata, a caballo, seguida de Gaucho, había llegado a la estancia.
Con pretexto de entregar la ropa de Andrés, que ella lavaba, subió al piso superior donde se encontraba aquél preparando su valija:
