Sin rumbo
Sin rumbo Y en un espontáneo y generoso arranque, acercándose a su querida, la atrajo y le dio un beso.
Ella, entonces, más conforme:
—¿Y cuándo piensa volver? —se aventuró a preguntar.
—Pronto, dentro de un mes, antes acaso. Entretanto, te lo repito, puedes estar tranquila, que yo no te he de dejar desamparada. Ahora, vete, retÃrate, no ha de faltar quien ande hablando, si ven que te quedas mucho tiempo aquà conmigo —pretextó y, sintiendo la necesidad de quedarse solo, la despidió con dulzura acompañándola hasta la puerta.
«¡Bien podrÃa el diablo haber metido la mano!… Pero… ¿y las otras, entonces, las mil otras?… ¡Bah!… Otra cosa es con guitarra… —pensó—, ¡muy baqueteadas, las otras!…».