Sin rumbo
Sin rumbo «Yo te he de dar amigo a ti, y club, y bailes, y patos…», murmuró Andrés entre dientes, levantándose a fumar un cigarro en el antepalco y a conversar con Solari que en ese momento acababa de golpear la puerta.
Pero la hora del baccará se acercaba.
Fastidiado, harto de las repeticiones del ensayo y no obstante las expresivas miradas de la prima donna, la corriente de simpatÃa, la tácita inteligencia que parecÃa querer iniciarse entre los dos, Andrés, después de pasar una parte de la noche en el teatro, tomó su sombrero y salió con intención de ir al Club.
Mientras por el largo zaguán y lejos ya de la escena, se dirigÃa a la calle, entre una espantosa, atroz, infernal explosión de ruidos, confusamente alcanzó a distinguir la voz de Grassi que se desgañitaba gritando:
—Questa non é una banda di música… questa é una banda di assassini!…