Sin rumbo

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—¿Tendría usted algún inconveniente en presentarme como socio? —preguntó el italiano muy suelto de cuerpo, con la facilidad con que habría podido pedir a Andrés el fuego de su cigarro.

—¿Presentarlo? —dijo éste como no oyendo bien. Y después de vacilar un segundo—: Con muchísimo gusto, señor, —exclamó resueltamente— es lo más fácil.

—Otra de mis grandes pasiones ha sido siempre la caza. En el Cairo, donde mi señora y yo pasamos un año contratados, organizábamos magníficas partidas entre amigos. Usted sabe que el gibier, patos, perdices, becacinas, abunda de una manera extraordinaria a orillas del Nilo.

—Pues lo que es aquí tampoco falta, podrá usted cazar hasta cansarse, dar pábulo a su pasión.

—¿De veras, dónde, lejos?

—No señor. Y, desde luego, me permito poner a la disposición de usted una propiedad que poseo a pocas horas de Buenos Aires, donde esos bichos pululan por millares.

—¡Bravo, bravo! —exclamó Gorrini apoderándose con entusiasmo de las manos de Andrés.

Y, efusivamente:

—¡Es usted una persona muy simpática: el corazón me dice que vamos a ser los dos grandes y buenos amigos!…


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