Sin rumbo

Sin rumbo

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—Hermosa ciudad Buenos Aires, señor, me ha dejado sorprendido. Nunca me figuré que en América hubiese nada igual.

—¿Usted cree?

—La belleza de sus edificios, el ruido, el vaivén, el comercio que se observa en sus calles, esa multitud de tranvías cruzándose sin cesar al ruido de sus cornetines, producen en el extranjero una impresión extraña y curiosa, un efecto nuevo de que no tenemos idea en nuestras antiguas ciudades italianas. Yo amo el movimiento, la locomoción, la vida activa, los viajes. Por eso, con grave perjuicio de nuestros intereses, nos ve usted en América, habiendo rehusado del empresario Gie doscientos cincuenta mil francos por la escritura que nos ofrecía para la gran estación en Covent-Garden.

»Tengo un carácter muy jovial yo —prosiguió Gorrini sin detenerse—, lo contrario de mi señora. Ella jamás sale de casa, a no ser para ir al teatro… Me gusta la animación, el mundo, la sociedad… Aquí también, según me ha informado el amigo Solari, la gente es muy alegre, ¿tienen ustedes numerosos centros sociales?

—Sí señor, es cierto, hay varios clubs.

—El del Progreso, creo, es el más aristocrático. ¿Se dan en él bailes suntuosos?

—Es en el que dicen que hay más gente decente.


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