Sin rumbo
Sin rumbo —He dicho que no quiero yo que nadie me pise el teatro durante los ensayos.
—SÃ, pero es que van a echar la puerta abajo: son más de doscientos…
—¡Echarme la puerta abajo a mÃ… Sangue della Madonna! —rugió Solari y, furioso, corrió hacia afuera.
Pero, ahà no más, se detuvo, pareció reflexionar y un momento después, girando tranquilamente sobre sus talones:
—¡Eh!… Déjelos, hombre —exclamó con aire resignado y manso—. ¡Qué le vamos a hacer… no los puedo echar, ésta es la cosa… han de ser amigos… precisa tener paciencia!
En un instante los de afuera, como muchachos que salen de clase, pataleando, invadieron los palcos y la platea.
El ensayo entretanto habÃa empezado.
El maestro Director caballero Grassi, como rodando por entre los atriles, no sin esfuerzo habÃa conseguido izarse hasta su asiento.
Con la delicadeza con que un pintor de miniaturas maneja su pincel, empuñaba la batuta, dibujaba los últimos compases de la romanza Celeste AÃda, mientras la Amorini abandonaba su silla y Andrés, en tête-à -tête, quedaba conversando con el marido: