Sin rumbo
Sin rumbo —No era usted, señora, una extraña para mà —empezó Andrés—. He tenido antes ocasión de admirar todo su hermoso talento.
—¡Ah! SÃ, ¿dónde? —preguntó con interés, volviendo a medias la silla.
—Donde se hizo usted oÃr antes de cantar en la Scala.
—¿En Cremona, hace dos años?
—Justamente, hace dos años, en Cremona.
—Caro quel Cremona!… Fue un continuo triunfo para mÃ. El público me adoraba…
—Pero entonces, señor —prosiguió—, ¿somos dos viejos conocidos nosotros?… ¿PodrÃa atreverme a esperar que, de hoy en más, quiera usted ser un amigo para mÃ?
—Señora…
—Vivo en el Hotel de la Paz. Mi marido y yo tendremos muchÃsimo placer en que usted se digne honrarnos con sus visitas —agregó, designando a un hombre que en ese momento se acercaba.
Era joven, blanco, fresco, bonito, de bigotito negro retorcido; fumaba cavours, usaba cuellos escotados y cuernos de coral en la cadena.
—¡Maestro, maestro! —llegó azorado el buttafuori—; es imposible contener a la gente, quieren por fuerza entrar.