Sin rumbo
Sin rumbo Ella, sonriente y majestuosa, con esa majestad postiza de las reinas de teatro, en la que asoma siempre una punta de oropel, distribuía graciosos saludos de mano y de cabeza a sus compañeros, entre los que descollaba la gigantesca corpulencia de Guadagno.
Alta, morena, esbelta, linda, sus ojos hoscos y como engarzados en el fondo de las órbitas, despedían un brillo intenso y sombrío; el surco de dos ojeras profundas los bordeaba revelando todo el fuego de su sangre de romana.
Desnuda, se adivinaba en ella la garra de una leona y el cuerpo de una culebra.
Andrés, mientras los otros se acercaban a saludarla, la envolvió en una larga mirada escudriñadora y codiciosa.
Luego, en una seña, solicitando de Solari el cumplimiento de su promesa, instintivamente inclinó el cuerpo hacia afuera sobre el antepecho del palco:
—Señora Amorini —dijo el empresario—, usted me va a permitir… este caballero desea hacer la relación de usted.
Y después de presentarlo:
—Uno de mis amigos más queridos del Río de la Plata.
Cambiadas algunas frases banales: