Sin rumbo

Sin rumbo

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—¡Ah! ¡Cómo no! Yo siempre soy gentil con mis amigos…

—¡Buen pícaro es usted!

Entretanto, al ruido de una campana que el buttafuori acababa de hacer oír entretelones, los músicos iban ocupando sus lugares, sacaban sus instrumentos, los afinaban en un desconcierto agrio, irritante.

Las masas, coristas y comparsas, relegadas al fondo del escenario, hablaban bajo.

Los artistas de sombrero a un lado y bastón de puño de marfil, se ensayaban a media voz, examinaban el teatro como por encima del hombro, iban y venían afectando darse un aire de importancia.

De pronto se oyó un murmullo, un cuchicheo; los grupos se abrieron con curiosidad y con respeto, la atención general quedó un momento en suspenso.

Era la prima donna, la célebre Amorini que triunfalmente hacía su entrada envuelta en pieles y terciopelo.

Solari, al verla, anticipándose, le ofreció galantemente el brazo, la trajo y la sentó en la primera silla de la derecha junto al palco donde se hallaba Andrés.


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