Sin rumbo
Sin rumbo En medio del silencio que reinaba, entrecortado a ratos por balidos quejumbrosos o por las compadradas de la chusma que esquilaba, las tijeras sonaban como cuerdas tirantes de violÃn, cortaban, corrÃan, se hundÃan entre el vellón como bichos asustados buscando un escondite y, de trecho en trecho, pellizcando el cuero, lonjas enteras se desprendÃan pegadas a la lana. Las carnes, cruelmente cortajeadas, se mostraban en heridas anchas, desangrando.
Por tres portones soplaba el viento Norte: era como los tufos abrasados de un fogón:
—¡Remedio! —gritó una voz.
La de un chino fornido, retacón, de pómulos salientes, ojos chicos, sumidos y mirada torva.
Uno de esos tipos gauchos, retobados, falsos como el zorro, bravos como el tigre.
El médico —un vasco viejo de pito— se habÃa acercado munido de un tarro de alquitrán y de un pincel con el cual se preparaba a embadurnar la boca de un puntazo que el animal recibiera en la barriga, cuando, de pie, junto a éste, en tono áspero y rudo:
—¿Dónde has aprendido a pelar ovejas, tú? —dijo un hombre al chino esquilador.
—¡Oh! ¿Y para que está mandando que baje uno la mano?…
—Lo que te está pidiendo el cuerpo a ti, es que yo te asiente la mÃa…