Sin rumbo
Sin rumbo —¡Ni que fuera mi tata!… —soltó el chino, y, sacando un pucho de la oreja lo encendió con toda calma, mientras, cruzado de piernas sobre el animal que acababa de lastimar, miraba de reojo al que lo habÃa retado, silbando entre dientes un cielito.
La burla y las risas contenidas de los otros festejando el dicho, como un lazazo, agolparon la sangre al rostro de éste:
—¡Insolente! —gritó fuera de sà y al ruido de su voz se unió el chasquido de una bofetada.
Echar mano el gaucho a la cintura y, armado de cuchillo, en un salto atropellar a su adversario, todo fue uno.
La boca de un revólver lo detuvo.
Entonces, con la rabia impotente de la fiera que muerde un fierro caldeado al través de los barrotes de su jaula, el chino amainó de pronto, envainó el arma cabizbajo y, dejando caer sueltas las manos:
—¿Por qué me pega, patrón? —exclamó con humildad, haciéndose el manso y el pobrecito, mientras el temblor de sus labios lÃvidos acusaba todo el salvaje despecho de su alma.
—Para que aprendas a tratar con la gente y a ser hombre… Villalba, recÃbale las latas al tipo este, páguele y que no vuelva a verlo ni pintado.
Luego, a los otros: