Sin rumbo
Sin rumbo Hubo cena después de la función celebrando el triunfo.
En la sala de uno de los departamentos del primer piso, ocupado por la diva en el Hotel de la Paz, una mesa largamente servida había sido preparada.
La caoba de los muebles y la pana mordoré, las cortinas ajadas de un blanco sospechoso, las cenefas polvorientas, la luna turbia de los espejos, el reloj y los candelabros de zinc, los paños de crochet, la alfombra sucia y escupida, todo ese tren inconexo y charro de ajuar de hotel, hasta el papel desteñido, desprendiéndose de las paredes por las esquinas, arriba, parecían afectar un aire alegre de fiesta en la profusa iluminación de la vasta pieza.
El lugar de honor había sido reservado para Andrés.
A la izquierda de la Amorini se sentaba el empresario.
En frente, a uno y otro lado del marido, la soprano ligero y la Machi.
Venían después, pêle-mêle, Grassi, los demás artistas de la compañía y algunos italianos amigos de Solari.
El obsequio ofrecido por Andrés a la Amorini, expuesto en una de las cabeceras del salón, monopolizaba las miradas, fue durante los primeros momentos el tema obligado de la conversación.