Sin rumbo
Sin rumbo Sobre un simple pie de boj, una cinta volante de violetas. En medio, las iniciales de la artista. Las letras eran de camelias blancas; los puntos, dos enormes solitarios de brillantes.
Gorrini, placentero, explicaba, insistía en alta voz sobre los detalles, elogiaba el exquisito gusto de la idea; los hombres y las mujeres contemplaban atraídos.
La Machi, sobre todo, seducida, subyugada, como si la fuerza de un misterioso imán irresistiblemente determinara el movimiento de sus ojos, sólo los apartaba de las piedras para fijarlos sobre Andrés.
En la expresión absorta de su rostro, algo como un mal encubierto reflejo de celos y de envidia parecía asomar.
El fuego de su mirada negra se velaba por momentos, su boca, malamente contraída en una tiesura de los labios, en vano se esforzaba por mostrarse risueña y complacida.
Y las piedras brillaban como dos pedazos del sol entrando por el agujero de una llave…
Andrés, sin detenerse en aquella muda escena, sin que se le ocurriese sospechar siquiera las impresiones que agitaban a su vis-à-vis, tranquilamente había empezado a tomar unas cucharadas de caldo.