Sin rumbo
Sin rumbo —Y bien, suponiendo que asà sea, —repuso Andrés sin rodeos, decidido a tomar la plaza por asalto, a sacar partido del estado de nerviosa exaltación en que se hallaba la artista— si accedo a lo que me pide, ¿qué me va a dar usted en cambio?
—Todo, con tal de que no vuelva a hacer el amor a esa mujer.
—¿De veras, todo?
—Todo —repitió ella con firmeza.
—Espéreme sola mañana aquÃ.
—¿Y mi marido?
—DespÃdalo con un pretexto cualquiera.
—¡Sola, aquÃ, en un hotel!… Nos pueden sorprender, es imposible.
—Salga, en tal caso.
—¿A dónde?
—Mire, tenga confianza en mÃ. Mañana, a la hora que usted me indique, un carruaje la va a aguardar allÃ, a la vuelta, frente a la pared del convento —dijo Andrés designando la calle de Reconquista.
—Mañana no; mañana canto.
—Pasado mañana, entonces, a las tres.
—Pasado mañana, sea —exclamó ella como resolviéndose de pronto, después de un momento de vacilación y de duda—. ¿Pero me promete, no es verdad, me jura ser mÃo, exclusivamente mÃo? —insistió apretándole la mano con pasión.