Sin rumbo

Sin rumbo

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Tuvo, al poner el pie en el umbral, un gesto de sorpresa:

—¿Por qué tan lindo aquí y tan feo afuera?

—Porque es inútil que afuera sepan lo que hay adentro.

—¿Usted vive aquí?

—A ratos —dijo Andrés y se sonrió.

Algunos instantes transcurrieron en la inspección minuciosa del recinto; en el cuarto de toilette, en el examen curioso de las telas, de los bronces, de los mármoles, de las riquezas acumuladas por Andrés.

Por fin, después de haber entornado los postigos al pasar cerca de la ventana, delicadamente tomó aquél de la cintura a la Amorini y la sentó en un diván.

Le desató la cinta de la gorra, el tapado, empezó a sacarle los guantes.

Entonces, con aire pesaroso, en un aparente tono de tristeza, como si arrepentida de lo que había hecho, un remordimiento la asaltara:

—¿Qué va a pensar usted de mí? —empezó ella desviándole la mano con dulzura—. ¿Qué va creer? Va a figurarse sin duda que yo soy como las otras, como una de tantas mujeres de teatro…

Un beso audaz, traidor, uno de esos besos que se entran hasta lo hondo, sacuden y desarman a las mujeres, cortó de pronto la palabra en los labios de la artista.

Estremecida, deliciosamente entrecerró los ojos.


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