Sin rumbo
Sin rumbo Locamente enamorada de su amante, presa de uno de esos sentimientos intensos, repentinos, que tienen su explicación en la naturaleza misma de ciertos temperamentos de mujer, sin reservas la prima donna se había dado a su pasión, y las citas en la casa de la calle de Caseros se repetían con más frecuencia cada vez.
No era, como al principio, de tarde en tarde, si sus tareas del teatro llegaban a dejarla libre, en las noches en que no le tocaba cantar, cuando los ensayos no reclamaban su presencia.
Era todos los días, durante horas enteras; siempre, sin descanso, una fiebre, un arrebato, una delirante orgía, una eterna bacanal.
Andrés, sin embargo, harto de aquella vida, profundamente disgustado ya:
«¡Cuánto más fácil es hacerse de una mujer que deshacerse de ella!», pensaba un día, mientras recostado sobre uno de sus codos, arrojando el humo de un cigarrillo, fríamente contemplaba a la Amorini en una de sus entrevistas con él.
La prima donna, después de haber pasado largas horas en brazos de su amante, se vestía.
¡Qué lejos estaba el momento en que el cuerpo de su querida, ese cuerpo que hoy miraba con glacial indiferencia, había tenido el lúbrico poder de despertar sus deseos adormecidos!
