Sin rumbo
Sin rumbo Y recordó la noche del debut, los detalles de la escena en el camarín de la cantora, las frases tiernas, las miradas, los dulces y expresivos apretones de mano cambiados en los silencios elocuentes del principio.
La veía sentada como ahora enfrente de él, envuelta entre los pliegues caprichosos de su fantástico traje, mostrando el mórbido y provocante contorno de su pierna, su pie pequeño y arqueado, cuyos dedos, como dedos desnudos de mulata, tan extrañamente habían llegado a conmoverlo.
Sentada como ahora…
Y, sin embargo, ¡qué diferencia enorme! ¡Cuánto cambio en quince días!
¿Por qué, qué causa había podido determinar en él tan rápida transición?
¿Era el suyo uno de tantos tristes desengaños, la realidad brutal, repugnante a veces, descorriendo el velo de la fantasía, disipando el misterioso encanto de lo desconocido?
No. Joven, linda, apasionada, ardiente, rodeada como de una aureola del prestigio de la escena, ¿qué más podía pedir un hombre como él a su querida?
Y en presencia de aquel espléndido cuerpo de mujer revelando sus encantos, ostentando todo su inmenso poder de seducción, como haciendo alarde de sus galas infinitas, deslumbrado, humillado, vencido, volvía contra él sus propias armas.