Sin rumbo
Sin rumbo —SÃ, sÃ, te ruego, no seas malo, di que sÃ…
—Imposible. Como hoy con varios amigos en el café de ParÃs.
—Busca una excusa o ve a comer después. Tus amigos te esperarán.
—No; es un capricho tonto el tuyo. No quiero.
—Y bien, suponiendo que asà sea… ¿no puedo tener un capricho, por ventura, un antojo, y si quiero yo…? ¡Qué te cuesta complacerme, complacer a tu mujercita que tanto te ama!… —insistió con caricias en la voz, mimosamente, inclinada sobre Andrés, pasándole la mano por el pelo y envolviéndolo en su aliento tibio.
—Pueden vernos, descubrirnos…
—¿Quién, si no hay nadie en el teatro a esa hora?
—Cualquiera, tu marido, por ejemplo.
—¡Oh! Mi marido… No te preocupes por tan poco: no estorba, ése. Está siempre muy ocupado cuando yo voy al teatro; come a las seis.
Pero, como asaltada de improviso por una idea:
—¿Qué, tendrÃas miedo, serÃas un cobarde tú?… —prosiguió mirando de cerca a su querido, fijamente, con la marcada intención de herirlo.
—¡Miedo yo de tu marido!… Y una sonrisa de soberano desprecio asomó a los labios de Andrés.
Luego, acentuando sus palabras con un gesto de resignación y de fastidio profundo: