Sin rumbo
Sin rumbo Hacía un tiempo seco y frío.
Después de haber llovido todo el día, una de esas lluvias sordas, en uno de esos días sucios de nordeste, el pampero, impetuosamente, como abre brecha una bala de cañón, había partido en mil pedazos la inmensa bóveda gris.
Las nubes, como echadas a empujones, corrían huyendo de su azote formidable, mientras bajo un cielo turquí, reanimada por el aliento virgen de la pampa, la ciudad, al caer la noche, parecía envuelta en un alegre crepúsculo de aurora.
Agitada, bulliciosa, la población había invadido las calles.
En masa, como las aguas negras de un canal, iba a derramarse a la plaza de la Victoria, desfilaba a ver los fuegos.
Fiel a la tradición, el barrio del alto invadía las galerías del Cabildo, la Recoba, las veredas.
Los balcones, las azoteas, se coronaban a su vez.
Abajo, entre el tumulto, los italianos de la Boca, encorbatados, arrastraban a sus mujeres, cargaban a sus hijos.
