Sin rumbo
Sin rumbo Apurado, sin mirar, dio vuelta y entró a su palco donde poco después se le fue a reunir la prima donna:
—¿Hace mucho que viniste? —preguntó a ésta.
—No, recién en este momento llego, ¿por qué?
—Porque me habÃa parecido oÃr antes como el roce de un vestido.
No hablaron más.
Y las escenas de la calle de Caseros, en el gran silencio del teatro despoblado, tornaron a repetirse.
Pero una voz sonó de pronto:
—¿Dónde está mi mujer?
Era Gorrini que interpelaba a la sirviente, la que sin saber qué contestar, tartamudeaba.
—¿Dónde está mi mujer? —repitió aquél duramente, fuerte.
Entonces, abriéndose la puerta del camarÃn contiguo, el camarÃn de la contralto:
—¿Busca usted a su señora, señor Gorrini? —exclamó ésta en un tono incisivo de ironÃa, con inflexiones perversas en la voz.
Y sin dar tiempo a que el otro contestara:
—Me parece que la he visto entrar allà —agregó saliendo al pasadizo y apuntando al palco de Andrés.
—¡Ah!… —se limitó a hacer el marido y, comprendiendo, llevó el cuerpo hacia adelante con marcada intención de retirarse.