Sin rumbo

Sin rumbo

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Pero bruscamente se detuvo, pareció reflexionar y ante una sonrisa que fue un chuzazo en boca de la contralto, estrechado, entre la espada y la pared, estalló al fin e hizo una escena.

Llamó, gritó, pateó, entró al camarín, volvió a salir, corrió por último a golpear la puerta del palco:

—¿Dónde está mi mujer? Marietta… Marietta… abran, corpo della Madonna!… ¿No hay nadie aquí?…

Irritado a pesar suyo, sin querer estarlo, sin darse cuenta de que lo estaba, mareado, entusiasmado como se entusiasman los cobardes, al eco guerrero de su propia voz, sacudía la puerta con violencia.

Andrés, entretanto, conservando una perfecta sangre fría:

—Ni hables, ni te muevas —murmuró al oído de su querida, mientras la empujaba al otro extremo, contra la reja del palco.

Luego, abriendo la puerta:

—Estoy yo —exclamó cuadrado en el umbral— ¿qué se le ofrece?

—¿Mi mujer?…

—¿A mí me pregunta por ella? Explíqueme más bien con qué derecho se permite usted venir a meter las narices donde nadie lo llama.

—Busco a mi mujer…


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