Sin rumbo
Sin rumbo —¿Y qué tengo yo que hacer con su mujer? Vaya a buscarla a otra parte, si se le ha perdido.
—Es que me habÃan dicho…
—Que le han dicho… ¡qué me importa a mà lo que le hayan dicho!…
—Perdone… disculpe usted… yo creÃa… —repuso Gorrini balbuciente, batiendo en retirada, visiblemente desconcertado por el aplomo de Andrés.
Todo parecÃa, pues, concluir allÃ, el peligro, haber sido conjurado, cuando en mala hora para la prima donna, el marido, al volverse, alcanzó a verla cruzar corriendo el escenario.
Dominada por el miedo, confundida, habÃa abierto la reja creyendo poder escapar por ese lado:
—¡Infame! —vociferó Gorrini y furioso, hizo ademán de arrojarse sobre la cantora.
Pero fuertemente Andrés lo habÃa detenido ya del brazo:
—Salga —le dijo queriendo por lo menos evitar el escándalo en el teatro—, venga conmigo, nos explicaremos afuera.
Y en la creencia de que el otro lo seguirÃa, por entre un grupo de artistas, de músicos y coristas que habÃan ido llegando y que atraÃdos por los gritos se juntaban, precipitadamente salió él mismo.
En vano en la calle esperó cinco, diez minutos; el otro no aparecÃa.