Cartas a un amigo aleman
Cartas a un amigo aleman Hace de eso cinco años, estamos separados desde entonces y puedo decir que no ha pasado un solo día en estos largos años (¡tan breves y fulgurantes para usted!) en que no me haya venido esa frase a la mente. «¡No ama usted a su país!». Cuando pienso hoy en esas palabras, se me hace un nudo en la garganta. No, no lo amaba, si no amar es denunciar lo que no es justo en lo que amamos, si no amar es exigir que el ser amado y la más hermosa imagen que de él nos forjamos coincidan. Hace de eso cinco años y muchos hombres pensaban como yo en Francia. Algunos de ellos, sin embargo, se han encontrado ya ante los doce ojillos negros del destino alemán. Y esos hombres, que según usted no amaban a su país, han hecho más por él de lo que nunca hará usted por el suyo, aunque le fuera posible dar cien veces la vida por él. Porque antes han tenido que vencerse a sí mismos y en eso estriba su heroísmo. Pero hablo aquí de dos tipos de grandeza y de una contradicción sobre la cual le debo una explicación.