Cronicas
Cronicas Reconozcamos que nuestra sociedad soporta muy bien a los perseguidores. Se ha hecho a la idea de que tenÃan su utilidad. De una u otra manera, una mañana o una noche, puede aparecer alguien diciendo que está comisionado por los perseguidores y que por tanto os va a privar de la libertad o de la vida, o de vuestra mujer, o, peor aún, de vuestro dinero. Y habréis de conformaros, pues eso no depende de vosotros. Al contrario, dependéis de vuestro perseguidor. Aunque apartarais los ojos, os golpearÃa en la cara para que los abrierais de nuevo. Siendo asÃ, más vale admitir de una vez que el perseguidor forma parte del paisaje. Por lo demás, nada os impide convertiros a vuestra vez en perseguidores. Nuestra sociedad es razonable.
Pero, afortunadamente, de nosotros depende no ver a los perseguidos. Y nuestra sociedad tiene realmente muchos perseguidos y hace lo preciso para no verlos. Opina que exageran, que hay muchÃsimos, y que la persecución lleva arrastrándose demasiado tiempo. Y acaba diciéndose que no hay perseguido del todo inocente. La inocencia es algo que siempre acaba por resplandecer, y que entonces obtiene reparación. Y cuando esa reparación se hace esperar mucho, es porque algo habrá hecho el perseguido.