Cronicas

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I*

En Le Fígaro de ayer Wladimir d'Ormesson comentaba el discurso del Papa. Ese discurso requería ya muchas observaciones, pero el comentario del señor D'Ormesson tiene al menos el mérito de plantear clarísimamente el problema que se le presenta hoy a Europa.

«Se trata —dice— de armonizar la libertad del individuo, que es más necesaria y más sagrada que nunca, con la organización colectiva de la sociedad que las condiciones de la vida moderna hacen inevitable.»

Eso está muy bien dicho. Únicamente le propondríamos a D'Ormesson una fórmula más breve, diciendo que para todos nosotros se trata de conciliar justicia y libertad. La meta a la que hemos de aspirar es que la vida sea libre para cada uno y justa para todos. Entre los países que se han esforzado en ello, con resultados desiguales, poniendo la libertad antes que la justicia o bien ésta antes que aquélla, Francia tiene que desempeñar un papel en la búsqueda de un equilibrio superior.


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