Cronicas
Cronicas «Nuestro único alimento es un litro de sopa a mediodía y café con trescientos gramos de pan por la noche... Estamos cubiertos de piojos y pulgas... Todos los días mueren judíos. Una vez muertos, los apilan en un rincón del campo y esperan a que haya suficientes para enterrarlos... Y entonces, durante horas y horas, con ayuda del sol, un olor infecto se expande por el campo judío y sobre el nuestro.»
Ese campo impregnado del espantoso olor de la muerte es el de Dachau. Lo sabíamos desde hace mucho, y el mundo empieza a hartarse de tantas atrocidades. Los delicados las consideran monótonas y nos reprocharán que sigamos hablando de ellas. Pero Francia acaso descubra una nueva sensibilidad cuando sepa que ese grito lo lanza uno de los miles de deportados políticos de Dachau, ocho días después de la liberación por las tropas norteamericanas. Porque a esos hombres se los ha mantenido en el campo a la espera de una repatriación que no ven llegar. En los mismos lugares donde creyeron sufrir el mayor de los infortunios, conocen hoy un sufrimiento más agudo, porque ahora atañe a su confianza.