El extranjero
El extranjero Estaba un poco aturdido también ante tanta gente en la sala cerrada. Miré otra vez hacia el público y no distinguí ningún rostro. Creo que al principio no me había dado cuenta de que toda esa gente se apretujaba para verme. Generalmente, los demás no se ocupaban de mi persona. Me costó un esfuerzo comprender que yo era la causa de toda esta agitación. Dije al gendarme: «¡Cuánta gente!» Me respondió que era por los periódicos y me mostró un grupo que estaba cerca de una mesa, debajo del estrado de los jurados. Me dijo: «Ahí están.» Pregunté: «¿Quiénes?», y repitió: «Los periódicos.» Conocía a uno de los periodistas que le vio en ese momento y se dirigió hacia nosotros. Era un hombre ya bastante entrado en años, simpático, con una cara gesticulosa. Estrechó la mano del gendarme con mucho calor. Noté en ese momento que toda la gente se reunía, se interpelaba y conversaba como en un club donde es agradable encontrarse entre personas del mismo mundo. Me expliqué también la extraña impresión que sentía de estar de más, de ser un poco intruso. Sin embargo, el periodista se dirigió a mí, sonriente. Me dijo que esperaba que todo saldría bien para mí. Le agradecí, y agregó: «Usted sabe, hemos hinchado un poco el asunto. El verano es la estación vacía para los periódicos. Y lo único que valía algo era su historia y la del parricida.» Me mostró en seguida, en el grupo que acababa de dejar, a un hombrecillo que parecía una comadreja cebada con enormes gafas de aro negro. Me dijo que era el enviado especial de un diario de París: «No ha venido por usted, desde luego. Pero como está encargado de informar acerca del proceso del parricida, se le ha pedido que telegrafíe sobre su asunto al mismo tiempo.» Ahí, otra vez, estuve a punto de agradecerle. Pero pensé que sería ridículo. Me hizo un breve ademán cordial con la mano y nos dejó. Esperamos aún algunos minutos.