El extranjero
El extranjero Llegó el abogado, de toga, rodeado de muchos otros colegas. Fue hacia los periodistas y dio algunos apretones de mano. Bromearon, rieron, y parecían sentirse muy a su gusto, hasta el momento en que el campanilleo sonó en la sala. Todos volvieron a sus lugares. El abogado vino hacia mí, me estrechó la mano y me aconsejó que contestara brevemente a las preguntas que se me formularan, que no tomara la iniciativa y que confiara en él para todo lo demás.
Oí el ruido de una silla que hacían retroceder a la izquierda y vi a un hombre alto, delgado, vestido de rojo, con lentes, que se sentaba arreglando cuidadosamente la toga. Era el Procurador. Un ujier anunció la presencia del Tribunal. En el mismo momento comenzaron a zumbar dos enormes ventiladores. Tres jueces, dos de negro y el tercero de rojo, entraron con expedientes y caminaron rápidamente hacia el estrado que dominaba la sala. El hombre de toga roja se sentó en el sillón del centro, colocó el birrete delante de sí, se enjugó el pequeño cráneo calvo con un pañuelo y declaró que la audiencia quedaba abierta.