El extranjero
El extranjero Me dijo que debía abordar ahora cuestiones aparentemente extrañas al asunto, pero que quizá le tocasen bien de cerca. Comprendí que iba a hablarme otra vez de mamá y sentí al mismo tiempo cuánto me aburría. Me preguntó por qué había metido a mamá en el asilo. Contesté que porque carecía de dinero para hacerla atender y cuidar. Me preguntó si me había costado personalmente y contesté que ni mamá ni yo esperábamos nada el uno del otro, ni de nadie por otra parte, y que ambos nos habíamos acostumbrado a nuestras nuevas vidas. El Presidente dijo entonces que no quería insistir sobre este punto y preguntó al Procurador si no tenía otra pregunta que formularme.
El Procurador estaba medio vuelto de espaldas hacia mí y, sin mirarme, declaró que, con la autorización del Presidente, querría saber si yo había vuelto al manantial con la intención de matar al árabe. «No», dije. «Entonces, ¿por qué estaba armado y por qué volver a ese lugar precisamente?» Dije que era el azar. Y el Procurador señaló con acento cruel: «Nada más por el momento.» Todo fue en seguida un poco confuso, por lo menos para mí. Pero después de algunos conciliábulos el Presidente declaró que la audiencia quedaba levantada y transferida hasta la tarde para recibir la declaración de los testigos.