El extranjero
El extranjero No tuve tiempo de reflexionar. Se me llevó, se me hizo subir al coche celular y se me condujo a la cárcel, donde comí. Al cabo de muy poco tiempo, exactamente el necesario para darme cuenta de que estaba cansado, volvieron a buscarme: todo comenzó de nuevo y me encontré en la misma sala, delante de los mismos rostros. Sólo que el calor era mucho más intenso y, como por milagro, cada uno de los jurados, el Procurador, el abogado y algunos periodistas estaban también provistos de abanicos de paja. El periodista joven y la mujercita estaban siempre allí. Pero no se abanicaban y seguían mirándome sin decir nada.